• Naturaleza de Jesús Rocandio

    El jueves pasado se inauguró la exposición "Naturaleza" de Jesús Rocandio en la sala Amós Salvador de Logroño, yo estuve el fin de semana y me encantó, además de las fotografías de naturaleza hay una pequeña salita dentro con un resumen de muchas fotografías de sus trabajos anteriores y los catálogos de exposiciones anteriores y de los trabajos de los alumnos de los cursos.
    Una foto publicada por Samuel Pujades (@samuelpujades) el

    La exposición se puede ver hasta el 8 de diciembre.

    En palabras de Eduardo Momeñe: 

    Hablamos de la Naturaleza, del hecho de la Naturaleza. A partir de ello, la posibilidad de estar en ella, allí, de “reconstruirla” con la mirada.

    En cierto modo hay -es una apreciación personal no contrastada con el autor- esa resonancia de un Turner o un Friedrich, incluso de un Goethe o un Nietzsche, ese dejarse succionar por la potencia de un espacio inabarcable, sin duda en un tiempo infinito… y que habrá que acotar para poder hablarlo. La fotografía trata de ello, “habla” de ello. Nos preguntamos cómo hacerlo, la dificultad de “explicar” no solo el hecho de semejante presencia, sino ante todo, la nuestra allí –el acontecimiento de señalarla-, cómo “construirlo”.

    Es una Naturaleza “sublime”, muy diferente de la que es tan solo “bella”. Sublime por su intensidad, por su exceso, por su exceso de realidad. Incluso brutal, rocas que son brutales, en su presencia, en su existencia, en su textura, en su luz -es tan solo un ejemplo. 

    Aquella que es “tan solo” bella parece más fácilmente fotografiable, -en realidad lo es de otra manera-; ponemos el trípode allí, nos convertimos en paisajistas, nuestra cámara mira el mundo, hay un paisaje que está ahí, incluso en la lejanía, necesitamos alejarnos para que los árboles nos dejen ver el bosque. Lo que diferencia a la Naturaleza que es sublime -a la de la mejor tradición en imágenes y palabras-, es la distancia, una distancia insalvable. Del ojo que mira, a la mente que escucha, el más leve susurro, cualquier murmullo, no es posible observarla desde fuera, estamos inmersos: en lo sublime no hay distancia para mirar desde fuera. Quizá, denominemos “paisaje interior” a nuestra presencia –es una manera de decirlo- para insistir en el hecho de que vamos a hablar de ello, la dificultad de aunar lo “visto” exterior con lo “vivido” interior –es nuestra mente en forma de mirada la que “construye” lo sublime, es una dificultad de la que ya hablaban San Agustín y Petrarca. Finalmente es una negociación, un diálogo, si bien impuesto por nuestra cámara que busca la distancia exacta.

    Es nuestra cámara, ahí en el medio -somos fotógrafos-, una sofisticada herramienta de precisión que nos va a permitir “decirlo”, en la mejor manera, con la mejor escritura, la que se apoya sobre los hombros de gigantes que nos precedieron, -diría Newton-, en la mejor tradición -pienso en lo ya citados, entre otros-, para hacer posible una mirada contemporánea. 

    La dificultad también es estratégica, está la tentación de mirar desde fuera, de la “nostalgia” del paisaje, del viejo oficio de paisajista -de un cierto paisajista-, quizá un mundo idealizado, emociones que perturban –dispersan- la mirada, la tentación del maquillaje, del paraíso, de nuestro espíritu “artístico”- el que no es moderno-, siempre al acecho, que busca su minuto de gloria mediante ruidosos pronunciamientos. De hecho buscaríamos lentes deformantes –lentes que decoran- para que todo ello “encaje” en la fotografía. Sin embargo, nosotros, fotógrafos que “comprenden”, buscamos el silencio para constatar –no opinamos, no comentamos- lo que nos envuelve -nosotros siempre allí-; no es un asunto de carácter existencial, sino “lingüístico” –me disculpo por la palabra-, es un “saber”, saber utilizar el medio con todos los recursos que nos ofrece la cámara fotográfica –también el privilegio de nuestra tecnología-, silenciosa cuando absorbe los ecos del mundo, cuando corta el espacio, cuando lo fragmenta para “decir mejor”, siempre en ese total silencio, parecería mutismo, como si no existiese.

    Las fotografías de Jesús Rocandio me miran y me hablan de todo ello, de esa manera de fotografiar, de ese modo de penetrar en la Naturaleza, de esa “atracción fatal”. Atención a ese tríptico, a esos fragmentos, a esos árboles que sí dejan “atrapar” el bosque. Sí, quizá con música de Schubert.

    Eduardo Momeñe, 2015


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