Cuando el desastre llega sin avisar

Fotografía con el fondo desenfocado en el que se pueden ver tres discos duros junto a una pila de cuadernos y un ordenador portátil

No supe que aquel golpe iba a doler tanto hasta que conecté el disco duro al ordenador.
El ruido que hizo, una especie de zumbido torpe, casi un quejido, ya me dio mala espina. A los pocos segundos, la pantalla me confirmó lo que mi estómago ya sabía: el ordenador no reconocía nada. Ni una carpeta. Ni un archivo. Nada.
Y ahí, justo en ese silencio extraño entre intentarlo otra vez o aceptar lo que estaba pasando, sentí cómo se me venía el mundo encima.


Lo peor no fue el disco roto.
Fue esa sensación de culpa que llega tarde, cuando ya no sirve para nada.
Llevaba meses pensando en comprar un disco nuevo para hacer la copia de seguridad. Meses. Cada vez que veía el disco encima de la mesa pensaba lo mismo: “hazlo antes de que sea tarde”. Pero luego llegaba otro día, otra excusa, otro “mañana lo hago”. Y así hasta que mañana es imposible.
Lo más absurdo es que el dinero no era el problema. Los discos duros cada vez son más baratos. Era yo. Mi dejadez, mi falta de concentración, esa costumbre de posponer justo lo que no debería posponerse.


Cuando el disco se golpeó ya noté ese pinchazo en el estómago, pero aún quedaba una chispa de esperanza. Fue al conectarlo cuando todo se derrumbó: ese ruido seco, insistente, como si algo por dentro quisiera arrancar pero no pudiera. El ordenador ni lo reconoció. Lo intenté otra vez, aferrándome a un milagro.

Nada.

Y ahí llegó el golpe de verdad. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido de no actualizar la copia de seguridad? Llevaba meses posponiéndolo. Tenía dos discos para duplicar todo, pero el primero ya estaba lleno, así que el que se rompió era el único completo.

No son solo archivos: son momentos de mi vida. De Chile, un viaje que llevo muy dentro, solo han sobrevivido algunos vídeos; las fotografías de la cámara, los vuelos del dron… desaparecidos. París también se fue casi entero, salvándose de milagro las fotos de Disneyland porque estaban en la nube. Marruecos también estaba ahí y Londres, Cádiz, Sevilla...
Y no solo fueron los grandes viajes, escapadas al monte, tardes de playa… pequeños momentos que parecen menos importantes, pero que para mí son igual de especiales.

Sé que con el tiempo dolerá menos, pero ahora… ahora cada vez que recuerdo un viaje, lo primero que pienso no es lo bonito que fue, sino lo que he perdido. Y eso pesa. Pero ahí están, perdidos por decisiones pospuestas.


Ahora estoy en ese proceso raro entre el miedo y la calma: rebuscar en WhatsApp, en la nube del móvil, en carpetas del ordenador, en tarjetas que ni recordaba que tenía. Poco a poco voy recuperando trozos, escenas sueltas, algún vídeo perdido… y aunque no compensa lo que falta, al menos me da una sensación de avance.

Pero lo que más me pesa no es la pérdida en sí.
Es el miedo a olvidar.

Siempre he sido de mirar fotos y acordarme de detalles pequeños. Desde hace un tiempo también grabo más vídeo, quizá por eso mismo: para poder revivir momentos que con los años se vuelven un poco borrosos. Y ahora, con esta caída del disco, me doy cuenta de que tengo que cambiar la forma en la que guardo mis recuerdos.

Así que, mientras intento recuperar todo lo que pueda, también estoy empezando algo nuevo:
poner orden, hacer copias, crear una rutina. Y, sobre todo, buscar nuevas formas de conservar memoria.
Este blog podría haberme salvado alguna parte si lo hubiese mantenido más al día. Los diarios de viaje que empecé y que nunca terminé, también. Los vídeos que grabo con idea de subirlos a YouTube… quizá va siendo hora de dejar de guardarlos solo porque no son perfectos.

De eso quiero hablar en el próximo post: de cómo cuidar los recuerdos para que no desaparezcan, incluso cuando la tecnología falla. De cómo crear un refugio para lo que no queremos perder.

Estoy preparando una entrada sobre cómo organizar, proteger y cuidar mejor nuestros recuerdos.
Si te interesa, dímelo abajo y la adelanto.

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