El ritual de cargar un carrete

No siempre cargo un carrete en el mismo sitio.

Se ve una cámara de fotos analógica abierta mientras unas manos colocan un carretes de fotos marca fujifilm

A veces lo hago en casa, con tiempo y calma. Y muchas veces, en mitad de la calle, apoyando la cámara donde puedo. No es lo ideal, pero ya le tengo bastante maña.

Siempre lo hago con calma.
Unos segundos de más para asegurarte de que la película entra bien, de que engancha como debe, de que avanza. Por muchos carretes que haya puesto y por automático que pueda parecer el gesto, sigo haciéndolo despacio y pensando. Es uno de esos momentos en los que merece la pena no tener prisa.

Curiosamente, muchas veces retraso ese momento.
Si me voy de viaje suelo pensar con días qué cámara llevar, qué carretes, cómo me apetece fotografiar. Me gusta salir de casa con el primer carrete ya puesto, pero no siempre ocurre. A veces llega la hora de salir por la puerta y el carrete sigue en la mochila, todavía sin cargar. No por nada en especial: simplemente ya está decidido y mi cabeza está en todo lo demás. Al final lo acabo poniendo en el último momento… o ya durante el viaje.

Justo antes de cerrar la tapa siempre queda esa pequeña duda.
¿Estará bien puesto?
Después de tantos carretes está casi superada, pero sigue ahí. Lo que pesa más es la emoción de empezar. Pensar cuál será la primera foto. Da igual si es un proyecto, un viaje o un mes cualquiera: el carrete empieza a existir en ese momento.

Si alguien que no fotografía en analógico me viera cargar un carrete, probablemente no entendería qué estoy haciendo. Para quien no conoce este mundo, es solo abrir y cerrar una cámara. Para quien sí, supongo que se ve un gesto rápido, casi automático, sobre todo cuando lo hago con alguna de las cámaras con las que tengo más práctica.

El primer disparo no cuenta.
Es solo para pasar la parte velada de la película. La primera foto de verdad llega después, cuando todo empieza. Ahí ya está en juego el carrete, con la ilusión de ver qué saldrá de él y si encajará con lo que tengo en mente.

A partir de ese momento el día continúa.
Vas observando, valorando escenas, pensando si lo que ves encaja con el tipo de carrete que llevas. No es lo mismo uno en color que uno en blanco y negro. Tomas decisiones, descartas, disparas o no disparas. Con el tiempo, ese análisis se vuelve más inconsciente, pero sigue estando ahí.

Cargar un carrete no es un acto solemne.
Es algo cotidiano, casi mecánico, pero marca un antes y un después. A partir de ahí, todo lo que ocurra puede acabar en esas 24 o 36 fotos.

Cargar el carrete es solo el principio.
El día sigue, la cámara se guarda y, casi sin pensarlo, llega el gesto de siempre: apuntarlo. Cámara, película, fecha. Nada más. Lo justo para no perderlo del todo.



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